Me hayaba yo tranquilo y sereno admirando las simplezas de la vida sentado con no demasiada comodidad sobre el inodoro, y digo no con toda comodidad porque ya comenzaban a dormírseme las piernas, cuando llegó a mí una súbita reflexión filosófica. Justo cuando el majestuoso mojón salía expulsado a velocidades nunca antes pensadas por mí, provocando un ostentoso salpicar de agua mezclada con otros fluídos previamente vertidos en el ritual, me di cuenta de la única y gran verdad del Placer Anal.
¿Cómo no lo había notado antes? El placer anal radica de forma natural e inexpurgable, en el preciso acto de la expulsión.
Esto me llevó a pensar un poco más allá. Mi reflexión levitó hacia áreas más prácticas, polémicas y controversiales del quéhacer humano. Estoy hablando categóricamente del sexo gay. Ya que el placer anal radica en la expulsión, entonces, tomando en cuenta que con mayor o menor frecuencia todos cagamos propiamente tal a menudo, entonces el sexo gay resulta innecesario.
En definitiva, los gays no deberían tener sexo. Deberían tener laxantes.
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